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Las ciudades se construyen en el espacio público

  • Artículo de opinión, publicado en La Vanguardia el 29 de mayo de 2026

Durante años hemos entendido las infraestructuras urbanas como el conjunto de elementos que permiten que una ciudad funcione: carreteras, redes eléctricas o sistemas de transporte. Son, sin duda, esenciales. Pero existe otra infraestructura igual de decisiva, aunque a menudo menos visible: el espacio público.

Las calles, plazas, parques o paseos no son solo escenarios urbanos, sino que son la infraestructura social que sostiene la vida en común. En ellos se producen encuentros, actividad económica, cultura y convivencia. Son, en definitiva, el lugar donde la ciudad se convierte realmente en comunidad.

En un momento en el que el mundo es cada vez más urbano, el valor de estos espacios es aún mayor. Según Naciones Unidas, más del 55% de la población mundial vive hoy en ciudades y se espera que esta cifra alcance cerca del 70% en 2050. En ese contexto, la calidad de la vida urbana dependerá en gran medida de cómo diseñemos y cuidemos los espacios que compartimos.

Barcelona es un ejemplo especialmente significativo de esta relación entre ciudad y espacio público. Desde el plan del Eixample diseñado por Ildefons Cerdà en el siglo XIX hasta las transformaciones urbanas de las últimas décadas, la ciudad ha demostrado que el urbanismo no es solo una cuestión funcional o estética, sino una herramienta clave para mejorar la vida de las personas. No es casualidad que Barcelona haya sido designada Capital Mundial de la Arquitectura 2026 por la UNESCO. Este reconocimiento busca situar a la arquitectura en el centro del debate sobre los grandes retos urbanos contemporáneos, como el crecimiento de las ciudades, la transición climática o la necesidad de crear entornos más inclusivos y saludables. En todos estos desafíos, el espacio público juega un papel fundamental.

Las ciudades del siglo XXI necesitan espacios capaces de responder a múltiples funciones al mismo tiempo: favorecer la movilidad sostenible, mitigar los efectos del cambio climático, dinamizar la actividad económica y facilitar la interacción social. Cada vez es más evidente, por ejemplo, que las zonas verdes y los espacios abiertos contribuyen a mejorar la salud física y mental de los ciudadanos. La Organización Mundial de la Salud ha señalado que el acceso a espacios urbanos de calidad está directamente relacionado con mayores niveles de bienestar y actividad física. Al mismo tiempo, estos espacios pueden actuar como infraestructuras climáticas, reduciendo el efecto isla de calor o facilitando la gestión del agua en episodios de lluvia intensa. Pero para que el espacio público cumpla todas estas funciones no basta con diseñarlo bien. También es necesario construirlo bien.

La calidad, la durabilidad y la sostenibilidad de los materiales con los que se construyen calles, plazas o equipamientos urbanos son factores clave para que estos espacios puedan perdurar en el tiempo y adaptarse a los nuevos retos ambientales. En este sentido, la transformación del sector de la construcción se ha convertido en una pieza esencial del futuro de las ciudades. El entorno construido tiene un peso muy relevante en el impacto ambiental global, lo que obliga a avanzar hacia soluciones constructivas cada vez más eficientes, duraderas alineadas con principios de economía circular.

Esto implica impulsar la innovación en materiales, optimizar procesos productivos y apostar por soluciones que integren tecnología, diseño y sostenibilidad. La industrialización y el conocimiento técnico permiten hoy desarrollar propuestas más resilientes, adaptables y duraderas, capaces de acompañar la evolución de las ciudades a largo plazo.

Pero la construcción de la ciudad es, ante todo, un proyecto colectivo. Arquitectos, ingenieros, administraciones públicas y empresas industriales debemos trabajar de forma coordinada para dar respuesta a unos retos que son cada vez más complejos. Las ciudades siempre han sido el resultado de esa colaboración entre creatividad y capacidad técnica, y hoy esa alianza es más necesaria que nunca.

Barcelona ha demostrado a lo largo de su historia que el urbanismo puede ser una poderosa herramienta de transformación social. Desde sus plazas y mercados hasta sus avenidas y paseos marítimos, la ciudad ha construido una identidad basada en la calidad de sus espacios compartidos.

En un momento en el que muchas ciudades del mundo buscan modelos urbanos más sostenibles, inclusivos y resilientes, esta tradición resulta especialmente relevante. Porque al final, más allá de los edificios o las infraestructuras, lo que define una ciudad es la calidad de los espacios donde transcurre la vida cotidiana. Y esos espacios, aunque a veces pasen desapercibidos, son probablemente la infraestructura más importante de todas.